jueves, 6 de junio de 2019

TERRÍCOLAS



El otro día mientras sostenía a Tinto en mis piernas recordaba a la hermosa de Mía allí al otro lado del charco. Y de repente me ponía a pensar en la astucia y en la capacidad tan grande con la que cuentan los animales para percibir emociones de una forma increíble. Saben reconocer rápidamente si estás triste o feliz, si eres de confianza a no. En general pueden percibir tu estado de ánimo y tus intenciones hábilmente.

De repente surgía la pregunta sobre si en verdad somos tan diferentes de ellos, de los animales, si en verdad somos una raza superior o de si en realidad la única diferencia de por medio es nuestro lenguaje oral al momento de comunicarnos y/o las estupideces que a diario cometemos para gobernar por encima de las demás especies e incluso por encima de la nuestra. Espesísimo le llaman los expertos en la materia, yo le llamaría “idionancia” el amargo resultado de la idiotez y la de uno de nuestros más grandes enemigos, la ignorancia.

Y es que mirándolo bien, en algunas cosas, no somos para nada diferentes. Generalmente hablando, somos animales y respondemos a nuestros instintos. Buenos o malos, afinados o no, ellos nos llevan a cometer actos que podrían llamarse naturales, pero que en algunas ocasiones nos ubican en lugares y terrenos que nunca pensamos transitar y de cierta forma terminan por revelar ante el espejo del alma cosas de las que quizá nunca estaríamos orgullosos.

Celos, amores, alegrías, pasiones, odios y demás componen el ramillete de eso que nosotros conocemos como sentimientos; sentimientos que a la larga solo terminan siendo la viva representación y la basta respuesta consecutiva a nuestros instintos.

Ahora, quisiera exponer con neutralidad un pequeño ejemplo comparativo sin el interés de herir susceptibilidades o de amargar corazones embotellados en capsulas de alta moral.
No tengo idea si en alguna ocasión han oído nombrar al escarabajo hércules o si lo han visto robando pantalla por ahí en alguno de esos canales fantásticos de animales. Pero la verdad eso es lo que menos importa. Lo que verdaderamente quiero que sepan acerca de esta especie es algo sobre su ritual en búsqueda de su pareja. Imagínense pues, que el macho en temporada del famoso apareamiento se encamina en la búsqueda de la hembra, la más hermosa de todas, la adecuada para convertirse en su pareja, es entonces cuando él, creyéndose el más macho de los machos comienza a trepar por un árbol gigante, en cuya cima se encuentra ansiosa la princesa protagonista de esta historia. Pero obviamente este viaje no solo se trata de trepar el árbol; ya que a lo largo del mismo se encuentran más machos que ya han emprendido el mismo viaje. Es entonces cuando nuestro amigo debe sacar a relucir sus dotes de guerrero para así enfrentar a aquel que se interponga en su camino y terminar al final de la jornada por convertirse en el mejor de todos y finalmente llegar a la cima donde aguarda la posible afortunada. Pero, ¿Qué creyeron? ¿Qué derrotar a sus oponentes y alcanzar la cima era todo? Pues no señores, ahí están un tanto equivocados, puesto que es la dama de las alturas quien tiene la última palabra y es ella quien decide si le da la oportunidad a nuestro hércules o si simplemente de un sopetón lo envía directo al suelo con la decepción a flor de armadura. 

Ahora me encantaría preguntarles mis queridos amigos ¿Notan algo de diferencia entre lo anteriormente escrito y el actuar diario de nosotros los seres humanos en busca de nuestra “pareja ideal”? ¿Cuántos de nosotros, humanoides no hemos ido por ahí derrocando a nuestros pares para lograr la atención de alguien quien quizá al final ni la hora nos dará? ¿Cuántos hemos abusado del factor vanidad para destacar dejando encapsulado aquello que verdaderamente importa? ¿Cuántos de nosotros hemos librados batallas en pro de la conquista anhelada? Muchos o pocos, eso la verdad no importa. Porque cuando se trata de responder a nuestros instintos inconscientemente terminamos por anular códigos de ética y de moral y vamos directo en busca de eso que anhelamos. Cuadrúpedos, bípedos, hablantes, racionales o irracionales, al final de cuentas, terrícolas.

Leo RG.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario