El otro día mientras
sostenía a Tinto en mis piernas recordaba a la hermosa de Mía allí al otro lado
del charco. Y de repente me ponía a pensar en la astucia y en la capacidad tan
grande con la que cuentan los animales para percibir emociones de una forma increíble.
Saben reconocer rápidamente si estás triste o feliz, si eres de confianza a no.
En general pueden percibir tu estado de ánimo y tus intenciones hábilmente.
De repente surgía la
pregunta sobre si en verdad somos tan diferentes de ellos, de los animales, si
en verdad somos una raza superior o de si en realidad la única diferencia de
por medio es nuestro lenguaje oral al momento de comunicarnos y/o las
estupideces que a diario cometemos para gobernar por encima de las demás
especies e incluso por encima de la nuestra. Espesísimo le llaman los expertos
en la materia, yo le llamaría “idionancia” el amargo resultado de la idiotez y
la de uno de nuestros más grandes enemigos, la ignorancia.
Y es que mirándolo
bien, en algunas cosas, no somos para nada diferentes. Generalmente hablando,
somos animales y respondemos a nuestros instintos. Buenos o malos, afinados o
no, ellos nos llevan a cometer actos que podrían llamarse naturales, pero que
en algunas ocasiones nos ubican en lugares y terrenos que nunca pensamos
transitar y de cierta forma terminan por revelar ante el espejo del alma cosas
de las que quizá nunca estaríamos orgullosos.
Celos, amores,
alegrías, pasiones, odios y demás componen el ramillete de eso que nosotros
conocemos como sentimientos; sentimientos que a la larga solo terminan siendo
la viva representación y la basta respuesta consecutiva a nuestros instintos.
Ahora, quisiera
exponer con neutralidad un pequeño ejemplo comparativo sin el interés de herir
susceptibilidades o de amargar corazones embotellados en capsulas de alta
moral.
No tengo idea si en
alguna ocasión han oído nombrar al escarabajo hércules o si lo han visto
robando pantalla por ahí en alguno de esos canales fantásticos de animales.
Pero la verdad eso es lo que menos importa. Lo que verdaderamente quiero que
sepan acerca de esta especie es algo sobre su ritual en búsqueda de su pareja.
Imagínense pues, que el macho en temporada del famoso apareamiento se encamina
en la búsqueda de la hembra, la más hermosa de todas, la adecuada para
convertirse en su pareja, es entonces cuando él, creyéndose el más macho de los
machos comienza a trepar por un árbol gigante, en cuya cima se encuentra
ansiosa la princesa protagonista de esta historia. Pero obviamente este viaje
no solo se trata de trepar el árbol; ya que a lo largo del mismo se encuentran
más machos que ya han emprendido el mismo viaje. Es entonces cuando nuestro
amigo debe sacar a relucir sus dotes de guerrero para así enfrentar a aquel que
se interponga en su camino y terminar al final de la jornada por convertirse en
el mejor de todos y finalmente llegar a la cima donde aguarda la posible
afortunada. Pero, ¿Qué creyeron? ¿Qué derrotar a sus oponentes y alcanzar la
cima era todo? Pues no señores, ahí están un tanto equivocados, puesto que es
la dama de las alturas quien tiene la última palabra y es ella quien decide si
le da la oportunidad a nuestro hércules o si simplemente de un sopetón lo envía
directo al suelo con la decepción a flor de armadura.
Leo RG.
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