Y apenas ayer creí que por fin arribaba el verano, pero dicho pensamiento no se lo puede uno permitir uno en una ciudad y como Bogotá y menos en estos tiempos donde gracias a la mano desgraciada de los humanos a través de la historia, el cambio climático prospera y a su vez no tiene pies ni cabeza.
El semáforo ya a cambiando una docena de veces y yo aguardo, colmado de paciencia a que la lluvia tal vez, cese.
Gota a gota el asfalto humedece su superficie y poco a poco en sus orillas se forman pequeños charcos, charcos que quizá más adelante se cruzarán en mi camino y su agua mezclada con aquello que allí puedo estar se hará ruta directa a mí piernas, las llantas de la bici y la parte baja de su figura.
Paraguas de todos los tamaños, de todos los colores y a diferentes alturas desfilan a través de la debes inanimada que poco a poco pierde sus tonalidades blancas debido al roce incesante de los neumáticos de los autos.
Automóviles, motocicletas, ciclistas y transporte público convergen a lo largo y ancho de los cuatro carriles; algunas hacia el oriente otros tantos hacia el occidente forman a su vez una paleta de colores metálicos llevando consigo una basta cantidad de esa especie que se hace llamar, raza humana.
Al otro extremo de la acera dos intrépidos jóvenes en sus bicis de un solo piñón se detienen ante la luz roja, a pesar de la lluvia y sin nada que les proteja de ella, se ven directo a los ojos, se dan un pequeño beso y reanudan su tal vez idílico viaje.
Estoy por pensar que no debí salir, aún después de ver directo al cielo y admirar con recelo sus nubes grises y estando por eso 99% seguro de que se desataría la lluvia. Lluvia que de momento no tiene intención alguna de detenerse, lluvia que se roba el protagonismo acertado en medio de la ciudad de la furia.
Leo RG
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