Y vuelve y gira la ruleta; esta vez cae como para variar encima
de mí tal vez con la intención de quebrarme los huesos uno por uno.
Respiro profundo y pienso que no debería ser así, que no lo
merezco, que la vida se torna algo injusta y que el viento sopla muy fuerte de
nuevo en mi maldita contra.
Y es que los minutos del año se hacen cada día más cortos,
algo más inseguros, demasiado fugaces. Es inevitable pensar en que los años se
me van como gotas de agua pretendidas por la palma de la mano. Parece que
hubiera sido ayer cuando apenas corría por los rincones de esté hermoso campo. Corría
en busca de la fantasía ofrecida por el cacareo de las gallinas, puesto que me
emocionaba el hecho de encontrar uno a uno aquellos huevos multicolores.
Que hermoso era admirar el amarillo intenso de los arboles
cargados de naranjas dulces como la miel y el blanco celeste de la cal nacida
de la piedra color ébano.
A pesar de todo el aire sigue siendo puro, el ave canta aún
bajo el brazo de la libertad, la alta montaña se impone con ese verde fantástico
y la caña crece sin la intención de esterilizar el suelo para siempre; pues
ella no escogió nacer con tan grave efecto para con la madre tierra.
Hoy he vuelto a disfrutar del sonido del normando atado a la
raíz de algún árbol y del cantar del gallo a lo largo de la mañana.
Hoy solo puedo observar en silencio los efectos del tiempo,
que le han sabido pasar factura al cuerpo implacable y al alma noble de mi
bella abuela y ángel guardián, la mujer que cada año durante los antiguos
eneros supo alegrar mi día con la dulzura de un jugo de naranja al despertar.
El abuelo sigue allí, implacable como un roble y tranquilo
como el silencio que se pasea alrededor de la finca. Él siempre con su sobrero
color hueso y su saco atado al cuello, él guardándose para si mismo tal vez el
arrepentimiento del pasado y guiado por la señal de la santa cruz.
Los tíos que crecieron como hermanos a menudo se dejan
llevar por la ira y las malas palabras quebrando así una hermandad que debería
ser eterna. La cosa entristece pero parece que así luce el destino.
Del horno de leña ya solo quedan las ruinas, las
plantaciones de banano y plátano solo han sabido dejar en nuestras memorias el
recuerdo de su sombra. Las reses rodeando el uvo ya no están y las plantas del
dorado maíz se fueron para tal vez más nunca regresar.
Es así como entre recuerdos y realidades sentado en esté
sillón blanco a pesar de los 25 me siento un poco viejo y tal vez con el
sentimiento de que no he sabido aprovechar la vida al máximo, tal como debería de ser. A decir verdad la vida se
pasa a millones de kilómetros por hora y como dicen los abuelos; “lo único seguro
es la muerte”.
A veces el alma solo quiere buscar algo de estabilidad al
lado del “alma gemela” de aquel “amor eterno”, pues ya son pocas las ganas de
querer buscar otro “amor de la vida” y millones las ganas de querer amar para
siempre a la princesa que supo ganarse el afecto y seducir los sentimientos de
un corazón indeciso que se la pasa bordeando el limbo de la vida.
Soñar no cuesta nada, y lo sigo haciendo aunque a veces no
doy todo lo que debería para que cada sueño se haga real. Y aunque me cuesta
ser racional hago el mayor intento de no llevar a esa mujer que amo hacia aquel
abismo destructor y fatal llamado miedo, más bien daría más que la vida para
que cada día de la misma, aquella mujer se convirtiera en la reina de los ojos
color esperanza y los lizos de oro.