Hace un par de días se me partía el alma de una manera quizá
incomprensible. Pero es que, a decir verdad, ver lágrimas rodar por las mejillas
de mamá, me parte el alma y el corazón; y por más que parezco haber heredado el
rostro inmutable de papá y ese frío en sus ojos para este tema de la muerte,
terminé desgarrado tanto por dentro, como por fuera.
Algunos creemos estar preparados para el inesperado momento relacionado
con la perdida de un ser amado, pero la verdad es que nunca se termina por estarlo.
Ella siempre tan fría y sigilosa termina por llegar de improvisto y así nos
arrebata a uno de los nuestros, sin previo aviso, sin carta de invitación al
más allá, al cielo, o al quinto pailón; todo dependiendo de la fe de los
directos implicados.
Recuerdo, cuando con tan solo 14 años, la dichosa muerte se
llevaba de mi lado a mi hermano mayor; mi maestro de baile, el súper deportista,
el galán, el de la sonrisa eterna. Teníamos tantos planes juntos, pero nadie llegó
a imaginar que con tan solo 20 años resultaría en un sueño eterno en la soledad
de un cajón de madera. Desde aquel preciso momento mi concepción de la vida empezó
a cambiar drásticamente, empecé de cierta forma a demostrar sentimientos de sin
darle tanto rodeo a las cosas, decir las cosas tal cual, a arriesgarme un poco
más, a evitar procrastinar y a aprovechar cada oportunidad que se me ponía en
frente por más chica que fuera.
Fueron pasando los años. Amores llegaron, amores se
marcharon; el corazón se quebró, pero sus heridas nuevamente sanaron. En cada
etapa de la vida que se cruzó en el camino he contado por fortuna con un ángel que
me ha acompañado a recorrer el camino y desde entonces han sido más los buenos
que los malos momentos. Y aunque la vaina no siempre resulta se fácil, siempre
termina uno por hacer y dar lo mejor y salirse con la suya.
Y es que dicen por ahí; que para ser feliz hay que sufrir. Verdad
o no, algo tiene de cierto desde la experiencia personal. Porque es que para
que algo resulte no solo basta con desearlo; para que algo se haga real hay que
meterle ganas, hacer de tripas corazón y sudar hasta la gota fría. Lo que nadie
nos advirtió, fue el hecho de tener que alejarse o sentirse confinado al olvido
o al destierro. Vamos por ahí en busca de realizarnos, de cumplir sueños y
metas; te enamoras o te enamoran, pero de repente esa mano que estuvo ahí para
apoyarte en ciertos pasos del camino, desaparece y la única mano que termina
por sostenerte es la de la soledad, la del coraje o quizá la de la valentía.
Y es que dejémonos de vainas, pero por más que digamos ser
fuertes y nos levantemos de una u otra, los seres humanos no estamos diseñados
en nuestra totalidad para vivir en soledad. Somos seres colmados de sentimientos,
atracción e instinto. Sentimos vacío cuando se van y claro que empezamos a
extrañar, tal vez unos más que otros, pero ese huequito en el pecho nos devora
y en la soledad de la noche en la habitación oscura, a algunos nos termina por
agobiar.
Ahora bien, fuertes o no. Sensibles o con corazón de piedra,
que no quede duda de que el los sentimientos se hicieron para ser demostrados. No
postergues, porque tal vez mañana podrías arrepentirte. Decíle a los viejos
cuanto los amas, no le guardes rencor a tus hermanos, si te gusta alguien, dile,
no te quedes con la duda, que lo peor que te puede pasar es recibir un “no”
como respuesta, experimenta la religión del amor y como algún día escribió el
famoso filosofo de la música regional mexicana, Atonio Agilar; “Hay que darle gusto al gusto, porque la
vida pronto se acaba”. Extraña, hazte extrañar, pero no olvides a quienes
sin condición están ahí para vos.
Leo RG