Eran algo así como las dos de la madrugada, cuando de repente
desperté. Todo alrededor obviamente oscuro y mi mirada se clavó de inmediato al
techo. Como para variar no me la sacaba de la cabeza y de nuevo caí encantado,
sin oponer resistencia ante su foto de perfil en aquella aplicación de mensajería,
puesto que es lo único que en estos días me ha quedado para tener algo de ella.
Quise entonces de inmediato escribir algo, pero pues no tuve
muchas ganas de incomodar a mamá, quien se encontraba en la habitación contigua,
con la luz eternamente fastidiosa de mi teléfono celular. Así las cosas, tiro el
aparato a un lado de la cama e intento conciliar el sueño, pero nada; coincido
un par de minutos en un chat con otro peatón víctima del insomnio y después me
dedico a dar vueltas en la cama hasta intentar lograr el objetivo titánico en
el que a veces se convierte el intentar quedarse dormido.
Los ojos terminan por caer rendidos ante un sueño que
terminaría siendo corto, cuando de repente el sinfónico concierto de millones
de gotas de lluvia toma por escenario el tejado de mi casa. Majestuoso y
desafiante, ofrece a los habitantes del lugar una obra de arte donde naturaleza
e ingeniería convergen de manera placentera y elocuente.
De repente el ladrido del pequeño Nix apabulla la atmósfera,
el reloj marca las 6:00AM, abro los ojos, me invaden las ganas inmediatas de
tomar el celular y marcarle de una, sin mente como decimos algunos, pero como
siempre ese anuncio en la cabeza y en el alma que me recuerda la inminente estupidez
y majestuosa distracción que representa eso cada vez que lo hago, termina por
detenerme de manera automática y triste. Esbozando al final la misma mueca flácida
y melancólica en mis labios.
Tomo la decisión de volver a dormir un rato, puesto que el entrenamiento
del día se llevaría a cabo en horas de la tarde. Lanzo la cobija encima de mi
cabeza, cuando de repente un ladrido más fuerte e incesante recorre cada rincón
de casa. Y después del aviso, la pésima y triste noticia.
Es increíble como se apaga la vida de una persona en tan
solo un instante, en un abrir y cerrar de ojos. Un día lo ves como siempre, tan
vigoroso e inquieto que a pesar del correr de los años no se detiene. Ese padre
ejemplar de muchos, ese amante del campo y amigo de verdad. Todo un caballero
que a pesar de uno que otro tropiezo siempre estuvo ahí para los suyos.
De manera que aunque se pone uno a pensar en la manera en la
que se lleva la vida propia; en las estupideces que se han cometido a lo largo
de 27 años, en la manera tan triste y estúpida, en la que perdiste al que quizá
si fue el amor de tu vida, en las veces que gritaste a mamá sin justificación
alguna, en aquellos días que odiaste y te rehusaste a perdonar, en los momentos
en los que con envidia en tus ojos viste a los demás, en tanto y más que quizá
aun da vueltas en tu cabeza a diario y sin anestesia.
Hoy, el pasado es completamente inmutable. Quizá el
arrepentimiento pueda darle un respiro a tu alma, aunque este no cambie en nada
las cosas. Marcha atrás no se puede dar, si te perdonan, ¡magnifico! Pero que
te amen igual, quizá solo mamá y papá. De momento solo resta el intento
inagotable de seguir adelante obrando de la manera más correcta posible, dando amor
a cambio de rencor, sirviendo a los tuyos de manera incondicional, conservando
lo más bello de los días anteriores, que, aunque parezca no pasar el tiempo, la
vida se va agotando y se debe saber aprovechar.
Recordemos pues, que a parte de ser reciproca, es la vida,
como un soplo del viento atravesando la mar, tan efímera.
Leo RG
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