Siendo las
5 de la tarde, me despediré de los colegas, iré allí, tras la puerta de
cristal, me cambiaré de camiseta y tomaré a la negrita para así emprender la
huida. Cruzaré después el famoso parque de la 93 y me dejaré llevar por cada
pedalazo hacia la algunas veces intransitable carrera 15.
Creo que de
nuevo perderé mi mirada en el horizonte y sin importar el clima admiraré el
caos, de seguro haré equilibrio como casi siempre en el semáforo de siempre,
voltearé a ver el semáforo peatonal y resistiendo sin poner un pie sobre el
asfalto al ver su luz en rojo continuaré mi marcha.
Posteriormente,
algunos cientos de metros más adelante sortearé los huecos plasmados en el
asfalto producidos por el deterioro y el pasar de los años y en menos de nada
estaré cruzando la caótica intersección bajo el puente de la 100 y será allí
donde después de mucho tiempo desviaré mi ruta en un día poco habitual y tal
como ocurría años atrás en mi vida de universitaria me dirigiré directo hacia
aquel centro comercial donde la vida me enseño infinidad de cosas en medio de
la crema y nata de la ciudad y donde se gestó también gran parte de tan linda
historia de amor escrita ahora en la minuta de este espíritu alocado y excéntrico
por naturaleza.
Ya en aquel
lugar, dejaré la bici en aquel estacionamiento diseñado para ella y recordaré
sin duda cuantas veces tuve que esperar por un lugar libre y donde también muchas
veces llegué totalmente empapado gracias a la interminable lluvia.
De seguro
cruzaré luego aquel túnel que da acceso directo al gigantesco establecimiento,
me detendré en la banca donde al llegar un poco temprano me detenía a disfrutar
de una amena lectura y en la misma donde algún día compartiste conmigo el
dictamen médico que algún día recibiste en aquella época donde la enfermedad no
te quería dejar en paz hasta que este loco apareció en tu vida.
Acto seguido
recorreré los pasillos del lugar, haré un una viaje al mapa de la memoria y
jugaré con la ubicación de muchos de los locales comerciales, incluyendo
aquella pequeña caseta llena de regalitos particulares y donde siempre una
joven se encontraba envolviendo alguno de ellos para salir directo de allí para
luego sorprender a algún homenajeado.
Un par de
minutos después veré al reloj y apuraré el paso para no demorarme tanto y en
cuestión de otro par de minutos llegaré a aquella librería donde gracias a la
vida terminé por enamorarme de la literatura de una forma irreverente, forma
que me cambio la visión del mundo que me rodea. Allí iré en búsqueda de esos
amigos y compañeros fugaces que quizá continúan allí laborando bajo el yugo del
sistema laboral. De seguro será imposible no recordar aquella noche en la que
apareciste en la puerta del lugar deslumbrando con tu belleza y llevando alrededor
de tu cuello aquella bufanda color rojo que me encantaba, como tampoco aquellas
noches en las que simulando ser una clienta caminabas cerca de mí mientras yo
organizaba aquel habitual desorden en las estanterías llenas de libros.
Al rato me
iré de allí, bajaré las escalas y veré directo en busca de aquel cómodo sofá
donde tomábamos asiento para compartir al final de la jornada aquellas
deliciosas cenas que preparabas para mí. Me dirigiré luego al gran
supermercado, compraré una cerveza y un par de panes francés, enseñaré la
factura al señor de seguridad, saldré del lugar y me sentaré en aquella banca
de madera donde estuvimos aquella noche sentados. Recordaré sin duda alguna
cada palabra y sentiré correr por las fibras de mi piel aquel impulso nervioso
que sentí al oír aquella propuesta que tanto deseé escuchar sin saber que desde
ese momento mi vida daría un giro considerable y me atrevería a decir que la
tuya también.
Finalmente depositaré
la lata vacía en el lugar indicado, iré en busca del otro amor de mi vida,
descenderé por esa rampa, saldré en busca de la 127 pero no sin antes detenerme
frente a la entrada principal del centro comercial para fijar mi mirada
directamente hacia la acera occidental y recordar así aquellas noches en las
que comprábamos esa deliciosa arepa mixta para compartir y ya luego esperar
aquel bus azul en el que tu tomabas tu camino y yo luego el mío, o en aquellas
noches de fortuna en el que te aventurabas a tomar el bus en mi dirección o
esas en las que me atrevía a dejar a mi bici en aquel parqueadero para irme a
soñar despierto bajo la calidez de tu abrazo.
Leo RG.
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