sábado, 8 de junio de 2019

PREMONICIÓN


Siendo las 5 de la tarde, me despediré de los colegas, iré allí, tras la puerta de cristal, me cambiaré de camiseta y tomaré a la negrita para así emprender la huida. Cruzaré después el famoso parque de la 93 y me dejaré llevar por cada pedalazo hacia la algunas veces intransitable carrera 15.

Creo que de nuevo perderé mi mirada en el horizonte y sin importar el clima admiraré el caos, de seguro haré equilibrio como casi siempre en el semáforo de siempre, voltearé a ver el semáforo peatonal y resistiendo sin poner un pie sobre el asfalto al ver su luz en rojo continuaré mi marcha.

Posteriormente, algunos cientos de metros más adelante sortearé los huecos plasmados en el asfalto producidos por el deterioro y el pasar de los años y en menos de nada estaré cruzando la caótica intersección bajo el puente de la 100 y será allí donde después de mucho tiempo desviaré mi ruta en un día poco habitual y tal como ocurría años atrás en mi vida de universitaria me dirigiré directo hacia aquel centro comercial donde la vida me enseño infinidad de cosas en medio de la crema y nata de la ciudad y donde se gestó también gran parte de tan linda historia de amor escrita ahora en la minuta de este espíritu alocado y excéntrico por naturaleza.

Ya en aquel lugar, dejaré la bici en aquel estacionamiento diseñado para ella y recordaré sin duda cuantas veces tuve que esperar por un lugar libre y donde también muchas veces llegué totalmente empapado gracias a la interminable lluvia.

De seguro cruzaré luego aquel túnel que da acceso directo al gigantesco establecimiento, me detendré en la banca donde al llegar un poco temprano me detenía a disfrutar de una amena lectura y en la misma donde algún día compartiste conmigo el dictamen médico que algún día recibiste en aquella época donde la enfermedad no te quería dejar en paz hasta que este loco apareció en tu vida.
Acto seguido recorreré los pasillos del lugar, haré un una viaje al mapa de la memoria y jugaré con la ubicación de muchos de los locales comerciales, incluyendo aquella pequeña caseta llena de regalitos particulares y donde siempre una joven se encontraba envolviendo alguno de ellos para salir directo de allí para luego sorprender a algún homenajeado.

Un par de minutos después veré al reloj y apuraré el paso para no demorarme tanto y en cuestión de otro par de minutos llegaré a aquella librería donde gracias a la vida terminé por enamorarme de la literatura de una forma irreverente, forma que me cambio la visión del mundo que me rodea. Allí iré en búsqueda de esos amigos y compañeros fugaces que quizá continúan allí laborando bajo el yugo del sistema laboral. De seguro será imposible no recordar aquella noche en la que apareciste en la puerta del lugar deslumbrando con tu belleza y llevando alrededor de tu cuello aquella bufanda color rojo que me encantaba, como tampoco aquellas noches en las que simulando ser una clienta caminabas cerca de mí mientras yo organizaba aquel habitual desorden en las estanterías llenas de libros.

Al rato me iré de allí, bajaré las escalas y veré directo en busca de aquel cómodo sofá donde tomábamos asiento para compartir al final de la jornada aquellas deliciosas cenas que preparabas para mí. Me dirigiré luego al gran supermercado, compraré una cerveza y un par de panes francés, enseñaré la factura al señor de seguridad, saldré del lugar y me sentaré en aquella banca de madera donde estuvimos aquella noche sentados. Recordaré sin duda alguna cada palabra y sentiré correr por las fibras de mi piel aquel impulso nervioso que sentí al oír aquella propuesta que tanto deseé escuchar sin saber que desde ese momento mi vida daría un giro considerable y me atrevería a decir que la tuya también.

Finalmente depositaré la lata vacía en el lugar indicado, iré en busca del otro amor de mi vida, descenderé por esa rampa, saldré en busca de la 127 pero no sin antes detenerme frente a la entrada principal del centro comercial para fijar mi mirada directamente hacia la acera occidental y recordar así aquellas noches en las que comprábamos esa deliciosa arepa mixta para compartir y ya luego esperar aquel bus azul en el que tu tomabas tu camino y yo luego el mío, o en aquellas noches de fortuna en el que te aventurabas a tomar el bus en mi dirección o esas en las que me atrevía a dejar a mi bici en aquel parqueadero para irme a soñar despierto bajo la calidez de tu abrazo.

Leo RG.   

No hay comentarios.:

Publicar un comentario