Desconozco
los grados de temperatura con los que cuenta la ciudad de la furia, ¿serán 10 o
tal vez 15? Ni idea, lo que sí sé es que siento frío, aun a pesar de tener
puesto pantalón largo, camiseta y saco. Curioso, eh? Yo, sintiendo algo
parecido al frío. ¡Qué vaina! Pero así es la cosa.
Decido entonces
dejarme ayudar por la chaqueta negra, me visto con ella, subo la cremallera;
bolso a la espalda, mochila extra cruzada y emprendemos la ida a casa. Marcaría
entonces el reloj las 7 y algo de la noche, el semáforo da luz verde y el pedal
se activa.
Esta vez no
hay motivos para correr, nadie me espera en casa, nada me espera en casa. Pedalazo
tras pedalazo el viento se filtra por mi cara y mi mente divaga por
pensamientos alocados, apacibles, incomprensibles; se cruza de repente tu
rostro allí en el puro frente de los mismos, no me sorprendo, porque
simplemente es un suceso que se ha convertido en hábito.
Una nueva
luz roja detiene la marcha, juego al equilibrio pero solo puedo sostenerme algo
así como 15 segundos.
La calle 68
cuenta su propia historia, y sus paredes relatan las mías, las nuestras. Se reanuda
la marcha, la inercia esquiva los huecos en la carretera y una vez más las
luces verdes de aquel bar se roban mi atención, me achantan, me recuerdan una
de tantas estupideces cometidas y me pregunto que hubiera sido de mí o nosotros
sí tan solo no me hubiera comportado de una manera de la cual solo me
arrepiento.
El trancón
ya no me altera. Aprendí a ser condescendiente con lo que ya es normal en el
caos de esta ciudad. Sigo mi camino, controlo la dirección apenas con mi mano
izquierda, la memoria dirige la ruta, mi mente continúa su viaje, se escapa
para ver cómo estás pero la imagen no se torna clara. Pronto y de reojo diviso
la portería de aquel edificio al cual llegaba como una flecha con tal de solo
verte sin importar muchas veces lo corto del tiempo.
Pronto se
va agotando el camino y voy llegando al destino, el nuevo cuarto aún no se
adapta a mí; yo lo hago porque ya soy un nómada amaestrado.
Los pasadores
de la puerta y en la oscuridad me son algo desconocidos, la mascota de la doña
late de manera exasperante y yo le ignoro.
Las ganas
de escribir me invaden, las ganas de escuchar tu voz, incontrolables, pero esta
vez como muchas, solo me puedo limitar a ver tu foto de perfil y anhelar que de
casualidad estuvieras en línea.
A ritmo de
música voy llegando al punto final, con el alma vibrante y deseosa por salir
volando directo al espacio sideral.
Le.Le…
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