viernes, 5 de octubre de 2018

NOCHE, PEDAL Y LETRAS


Desconozco los grados de temperatura con los que cuenta la ciudad de la furia, ¿serán 10 o tal vez 15? Ni idea, lo que sí sé es que siento frío, aun a pesar de tener puesto pantalón largo, camiseta y saco. Curioso, eh? Yo, sintiendo algo parecido al frío. ¡Qué vaina! Pero así es la cosa.

Decido entonces dejarme ayudar por la chaqueta negra, me visto con ella, subo la cremallera; bolso a la espalda, mochila extra cruzada y emprendemos la ida a casa. Marcaría entonces el reloj las 7 y algo de la noche, el semáforo da luz verde y el pedal se activa.

Esta vez no hay motivos para correr, nadie me espera en casa, nada me espera en casa. Pedalazo tras pedalazo el viento se filtra por mi cara y mi mente divaga por pensamientos alocados, apacibles, incomprensibles; se cruza de repente tu rostro allí en el puro frente de los mismos, no me sorprendo, porque simplemente es un suceso que se ha convertido en hábito.

Una nueva luz roja detiene la marcha, juego al equilibrio pero solo puedo sostenerme algo así como 15 segundos.

La calle 68 cuenta su propia historia, y sus paredes relatan las mías, las nuestras. Se reanuda la marcha, la inercia esquiva los huecos en la carretera y una vez más las luces verdes de aquel bar se roban mi atención, me achantan, me recuerdan una de tantas estupideces cometidas y me pregunto que hubiera sido de mí o nosotros sí tan solo no me hubiera comportado de una manera de la cual solo me arrepiento.

El trancón ya no me altera. Aprendí a ser condescendiente con lo que ya es normal en el caos de esta ciudad. Sigo mi camino, controlo la dirección apenas con mi mano izquierda, la memoria dirige la ruta, mi mente continúa su viaje, se escapa para ver cómo estás pero la imagen no se torna clara. Pronto y de reojo diviso la portería de aquel edificio al cual llegaba como una flecha con tal de solo verte sin importar muchas veces lo corto del tiempo.

Pronto se va agotando el camino y voy llegando al destino, el nuevo cuarto aún no se adapta a mí; yo lo hago porque ya soy un nómada amaestrado.

Los pasadores de la puerta y en la oscuridad me son algo desconocidos, la mascota de la doña late de manera exasperante y yo le ignoro.

Las ganas de escribir me invaden, las ganas de escuchar tu voz, incontrolables, pero esta vez como muchas, solo me puedo limitar a ver tu foto de perfil y anhelar que de casualidad estuvieras en línea.

A ritmo de música voy llegando al punto final, con el alma vibrante y deseosa por salir volando directo al espacio sideral.

Le.Le…

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