jueves, 3 de mayo de 2018

Y OCURRIÓ HACE 1095 DÍAS


Con un palpito en el pecho doy inicio a estas nuevas líneas, líneas esta vez conmemorativas.
Es ya un cliché decir que el tiempo se pasa volando, pero más que un cliché, es ya una realidad inamovible.

Observo a mí lado la “pijama” que a veces visto para dormir, mi favorita, pantalón negro muy ancho y una camiseta color verde biche como le decimos nosotros. Los ojales en donde se aseguran los botones del cuello ya están desgastados pero no es excusa para no vestirla más. Adoro esa camiseta, no necesito ser materialista para decir que tiene un valor sentimental inmenso, un recuerdo hermoso, algo que quisiera conservar toda mi vida.

Fue un domingo algo gris en la capital cuando llamó mi atención por primera vez. Domingo 3 de mayo del 2015 para ser más exacto. Mi trabajo en la librería me permitía aquel día de gozar dos gratos privilegios. El primero era tener un domingo libre y el segundo fue el hecho de tener boletas para ingresar a una de las mejores ferias del libro de Latinoamérica.

El plan era ir con mi mejor amigo de la universidad, entonces cuadramos todo de manera muy espontanea, como era casi de costumbre. La idea fue encontrarnos temprano en la mañana e ir en nuestras bicicletas, cada quien con algo de dinero y las cocas del almuerzo en el bolso.

Al llegar al lugar, el sitio estaba rebosante de gente, cosa normal para ese día. Dejamos entonces las bicis amarradas en las afueras del lugar corriendo el riesgo de no encontrarlas a la salida, pero bueno, no hubo otra opción.

Luego de ingresar, buscar un lugar donde guardar las maletas y tomar un mapa para orientarnos de una mejor forma en un sitio tan grande; dimos así inicio a la aventura FILBO.

Pabellones inmensos, miles de expositores, millones de libros, millones de aventureros; un lugar mágico para aquellos amantes de la literatura.

Recuerdo muy bien que ese año no hubo país invitado como era la tradición. Dicho año se le rendía homenaje al país del realismo mágico de Gabo, Macondo. Toda una locura giraba en torno a dicho pabellón. Una fila inmensa rodeaba el lugar, pero sí que valió la pena tomarse el tiempo para transitarla.

Pasado el mediodía y ya algo cansados decidimos buscar un lugar para descansar un poco y de paso almorzar. Allí tomamos nuestro tiempo para reponer algo de energía y continuar. La próxima parada era el pabellón internacional, lugar que era casi que obligatorio visitar y más aún para unos estudiantes de idiomas, como lo éramos por ese tiempo.

Ya en marcha de nuevo en la aventura, nos ubicamos en el mapa y nos dirigimos hacia el próximo objetivo, sin tener idea que mi vida daría un vuelco de 360 grados.

Llegamos al lugar e inmediatamente a la derecha después de la entrada, allí estaba ella. Lizos de oro, ojos color esperanza y camiseta color verde biche. Era el stand de libros en alemán y ella estaba allí, carismática con su acento español tomando vuelo, pero cautivante. En esta parte debo confesar que aunque era bueno en mi clase de alemán, el idioma no era mi total debilidad, para entonces vivía cautivado por el francés.

Mi mejor amigo se sumergió en la pequeña biblioteca de alemán y yo me sumergí en el eco de la voz de esa bella señorita, grabé segundo a segundo cada movimiento, cada palabra pronunciada por ella estaba cautivado, atraído por tan interesante mujer.

Hoy intento recordar cuantos minutos duró la charla, pero la memoria no me da para tanto. Lo que si recuerdo es que ella me dio una manilla con la palabra vielleicht (quizás en alemán) recuerdo también su tímida sonrisa, como también recuerdo que algo dentro de mí estaba seguro de que le volvería a ver.

El recorrido en la feria continuo pero yo estaba perdido como en otra dimensión, llevaba conmigo la imagen suya durante cada minuto del día, no paraba de pensar en ella, no hallaba la hora de llegar a casa para buscarle en la red social y poder establecer contacto de nuevo con ella.

Hoy, después de tres años llenos de muchas experiencias vividas, llenos de bonitos recuerdos y aunque separados por miles de kilómetros a la distancia; llevo conmigo la cálida imagen de su bella sonrisa.

Hoy después de tres años, puede que estás líneas parezcan un Déjà-vu literario pero lo quise escribir y de paso conmemorar de la manera que mejor me queda, escribiendo. Y lo conmemoro porque conocerte es de las mejores cosas que me han pasado en mi vida, no sé si te pasa igual pero quería que lo supieras.

Ahora solo me resta decir gracias por venir a Colombia, gracias por trabajar aquel domingo en el que no pretendías hacerlo, gracias por dejarme pasar la puerta de tu corazón, por esto y bastantes cosas más que yo estoy seguro no olvidaremos, gracias infinitas.

Le.Le.
   

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