Y decidí secarme las lágrimas que Ángel, el hermoso gato
negro no pudo secar con su pequeña pata. Respiré profundo y di un salto literal
desde la cama, tomé una bermuda, las maletas del mercado, 3 billetes con la
estampa de García Márquez y me lancé por ahí derecho, carretera abajo, camino
del supermercado. Dos cosas; 1. Necesitaba distraer la mente. 2. La nevera ya
respiraba solo vacío.
El Súper estaba casi que desocupado, así que la tarea estuvo
fácil y práctica. Al final empaqué meticulosamente cada cosa en las tres
mochilas, salí a la calle y tomé un taxi para así llevar todo a casa, puesto
que hoy los muchachos no estuvieron para ayudar y a decir verdad la vaina
estaba pesada.
Al arribar a casa, rapidito limpié la nevera y las alacenas
para organizar el mercado. Después limpié la caja de arena de los gatos y les
puse un poco más de arena; barrí el apartamento tarea para la que tuve que
encerrar por unos minutos a Chata en el baño.
Acto seguido, tomé la toalla y decidido a tomar un baño me
quite toda la ropa y directo a la ducha fui a dar.
Mientras caían una a una las gotas de la regadera sobre mi
cabeza, decidí que era un buen momento para exorcizar parte de esos miedos
ansiosos de mutar en forma de demonios, así las cosas decidí salir pronto del
baño, ponerme cualquier ropa, tomar mi agenda, ponerle la luces a la bici y
salir rumbo al Tíbiri; aquel bar de salsa al que no me había atrevido a
regresar desde tu partida. Y es que la Salsa sin ti a mi lado no tiene el mismo
sentido y pudo atreverme a decir que pasa lo mismo contigo. Pues a pesar de no
ser expertos bailadores, no hubo mejor momento de compenetración a la hora de
bailar, como durante una descarga de buena Salsa. Sin importar el lugar, si
Colombia o Alemania; tu casa o la mía; gozaba sobremanera compartir salsa
contigo. (Inevitable pensar en aquella noche en “a seis manos” en el centro de
Bogotá).
Y bien, aquí estoy en esté preciso instante, a tan solo una
mesa de distancia de la cual ocupamos en aquella hermosa noche en la que
sudamos hasta más no poder, en la que bailamos en medio de la “muchachada”, en
la que al parecer fuimos uno, en la que fuimos felices.
Un sorbo de cerveza y lágrimas visitando mis ojos, que
sentimientos más fuertes son los que ahora me invaden, qué verraco se tiene que
ser para extrañar a quien ya no te extraña, para amar a quien al parecer ya no
te ama. La vaina se siente como cuando pones en una licuadora a la tristeza, al
miedo, la desilusión, el desamor, la humildad, a la necia esperanza, a la nostalgia
y al vacío; luego le pones velocidad 5 y después de mezclarlos bien lo sirves
en un vaso con hielo para luego espolvorearle esa locura que siempre llevo
conmigo.
Hasta hace 5 minutos era yo la única persona en el lugar; el
grandulón de la barra dijo que la gente llegaría un poco más tarde, cosa que a
decir verdad poco me interesaba.
En esta hora larga solo pretendo embriagar mi ser de Salsa,
dejar que las palabras penetren mi agenda y pedirle a la luna que como siempre
en cada noche proteja de ti en mi nombre y con auspicio del universo.
Qué más da que ya no me ames, que mi cabello te haya
decepcionado o que la vida siga encargándose de ser poco justa. El momento
ahora está destinado a llenar el pedazo de alma con un poco de tranquilidad,
cosa que le pueda ayudar a respirar hondo y de esta forma reflexionar lo “irreflexionable”.
Poco a poco los bailadores van entrando y mi cerveza se va
agotando, la descarga de timbal se apodera de mí ser y yo sigo el ritmo con
esfero y lápiz, mientras que al mismo tiempo yo hago un dibujo eterno en mi
mente del reflejo de la sonrisa tuya, aquella que me ha quedado fresquita esta
tarde tres meses después de la última vez de haber tenido tal privilegio.
La primera pareja se lanza a la pista y para qué, pero lo
hacen súper bien, mientras que inmediatamente a su derecha un negro de pura cepa
empieza a tirar sus pasos de solista, ese solista que no le importa el “qué
dirán” sino tan solo el hecho de dejarse llevar por el ritmo. (Prometo que a la
próxima me le uno y ¡qué carajos!)
A lo lejos las fotografías de Willie, Hector, Eddie y Tito
rinden homenaje a tremendas personalidades de esta maravilla llamada Salsa.
Ahora bien, y como soñar no cuesta ni un centavo; pienso en
que ojalá el universo y la vida nos concedieran la oportunidad de compartir una
pieza infinita de la mejor Salsa para poder darte así muchas vueltas tratando
de seguir el ritmo y pueda así gozar del brillo eterno de tus bellos bajo la
tenue oscuridad.
Por ahora beberé el último sorbo de una pola ya tibia y me
iré regreso a casa en compañía de la inseparable e indestronable soledad;
porque si esta hace parte indiscutible de mi destino pues habrá que ponerle el
pecho pues no hay de otra.
Como ya te dije y para cerrar estás líneas tal vez inconclusas
quiero que sepas que para mí la felicidad ya no es único producto de otra
persona, algún bien material o así, tampoco es un sentimiento en sí; es más
bien un estilo de vida, una forma de recorrer cada paso del camino, para lo
cual solo necesitamos ser conscientes de que estamos despiertos, abrir bien los
ojos y empezar a vivir una vida cada día. Una cosa muy distinta es tener las ganas
intactas de querer compartirla con alguien más, tal cual como se me ha ocurrido
contigo; pero pues tiempo al tiempo, que el amor es incondicional y no exige
más reciprocidad que el hecho de que lo podamos recibir con los brazos bien
abierto.
Le. Le.
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