sábado, 21 de abril de 2018

1021 DESDE EL TÍBIRI


Y decidí secarme las lágrimas que Ángel, el hermoso gato negro no pudo secar con su pequeña pata. Respiré profundo y di un salto literal desde la cama, tomé una bermuda, las maletas del mercado, 3 billetes con la estampa de García Márquez y me lancé por ahí derecho, carretera abajo, camino del supermercado. Dos cosas; 1. Necesitaba distraer la mente. 2. La nevera ya respiraba solo vacío.

El Súper estaba casi que desocupado, así que la tarea estuvo fácil y práctica. Al final empaqué meticulosamente cada cosa en las tres mochilas, salí a la calle y tomé un taxi para así llevar todo a casa, puesto que hoy los muchachos no estuvieron para ayudar y a decir verdad la vaina estaba pesada.

Al arribar a casa, rapidito limpié la nevera y las alacenas para organizar el mercado. Después limpié la caja de arena de los gatos y les puse un poco más de arena; barrí el apartamento tarea para la que tuve que encerrar por unos minutos a Chata en el baño.

Acto seguido, tomé la toalla y decidido a tomar un baño me quite toda la ropa y directo a la ducha fui a dar.

Mientras caían una a una las gotas de la regadera sobre mi cabeza, decidí que era un buen momento para exorcizar parte de esos miedos ansiosos de mutar en forma de demonios, así las cosas decidí salir pronto del baño, ponerme cualquier ropa, tomar mi agenda, ponerle la luces a la bici y salir rumbo al Tíbiri; aquel bar de salsa al que no me había atrevido a regresar desde tu partida. Y es que la Salsa sin ti a mi lado no tiene el mismo sentido y pudo atreverme a decir que pasa lo mismo contigo. Pues a pesar de no ser expertos bailadores, no hubo mejor momento de compenetración a la hora de bailar, como durante una descarga de buena Salsa. Sin importar el lugar, si Colombia o Alemania; tu casa o la mía; gozaba sobremanera compartir salsa contigo. (Inevitable pensar en aquella noche en “a seis manos” en el centro de Bogotá).

Y bien, aquí estoy en esté preciso instante, a tan solo una mesa de distancia de la cual ocupamos en aquella hermosa noche en la que sudamos hasta más no poder, en la que bailamos en medio de la “muchachada”, en la que al parecer fuimos uno, en la que fuimos felices.

Un sorbo de cerveza y lágrimas visitando mis ojos, que sentimientos más fuertes son los que ahora me invaden, qué verraco se tiene que ser para extrañar a quien ya no te extraña, para amar a quien al parecer ya no te ama. La vaina se siente como cuando pones en una licuadora a la tristeza, al miedo, la desilusión, el desamor, la humildad, a la necia esperanza, a la nostalgia y al vacío; luego le pones velocidad 5 y después de mezclarlos bien lo sirves en un vaso con hielo para luego espolvorearle esa locura que siempre llevo conmigo.

Hasta hace 5 minutos era yo la única persona en el lugar; el grandulón de la barra dijo que la gente llegaría un poco más tarde, cosa que a decir verdad poco me interesaba.
En esta hora larga solo pretendo embriagar mi ser de Salsa, dejar que las palabras penetren mi agenda y pedirle a la luna que como siempre en cada noche proteja de ti en mi nombre y con auspicio del universo.
Qué más da que ya no me ames, que mi cabello te haya decepcionado o que la vida siga encargándose de ser poco justa. El momento ahora está destinado a llenar el pedazo de alma con un poco de tranquilidad, cosa que le pueda ayudar a respirar hondo y de esta forma reflexionar lo “irreflexionable”.

Poco a poco los bailadores van entrando y mi cerveza se va agotando, la descarga de timbal se apodera de mí ser y yo sigo el ritmo con esfero y lápiz, mientras que al mismo tiempo yo hago un dibujo eterno en mi mente del reflejo de la sonrisa tuya, aquella que me ha quedado fresquita esta tarde tres meses después de la última vez de haber tenido tal privilegio.

La primera pareja se lanza a la pista y para qué, pero lo hacen súper bien, mientras que inmediatamente a su derecha un negro de pura cepa empieza a tirar sus pasos de solista, ese solista que no le importa el “qué dirán” sino tan solo el hecho de dejarse llevar por el ritmo. (Prometo que a la próxima me le uno y ¡qué carajos!)

A lo lejos las fotografías de Willie, Hector, Eddie y Tito rinden homenaje a tremendas personalidades de esta maravilla llamada Salsa.

Ahora bien, y como soñar no cuesta ni un centavo; pienso en que ojalá el universo y la vida nos concedieran la oportunidad de compartir una pieza infinita de la mejor Salsa para poder darte así muchas vueltas tratando de seguir el ritmo y pueda así gozar del brillo eterno de tus bellos bajo la tenue oscuridad.

Por ahora beberé el último sorbo de una pola ya tibia y me iré regreso a casa en compañía de la inseparable e indestronable soledad; porque si esta hace parte indiscutible de mi destino pues habrá que ponerle el pecho pues no hay de otra.

Como ya te dije y para cerrar estás líneas tal vez inconclusas quiero que sepas que para mí la felicidad ya no es único producto de otra persona, algún bien material o así, tampoco es un sentimiento en sí; es más bien un estilo de vida, una forma de recorrer cada paso del camino, para lo cual solo necesitamos ser conscientes de que estamos despiertos, abrir bien los ojos y empezar a vivir una vida cada día. Una cosa muy distinta es tener las ganas intactas de querer compartirla con alguien más, tal cual como se me ha ocurrido contigo; pero pues tiempo al tiempo, que el amor es incondicional y no exige más reciprocidad que el hecho de que lo podamos recibir con los brazos bien abierto.

Le.   Le.  

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