Las noches se han convertido en una de las más duras pruebas que se me han podido presentar a lo largo de estos meses. Algunas en las que se puede uno quedar dormido con el alma tranquila y una sonrisa tatuada allá en lo profundo del espíritu y otras que por el contrario no quisiera uno ir al encuentro con la bendita almohada.
Noches hay para todos los gustos, las hay de terror, las hay de pasión, las hay de sexo, las hay de amor. No importa si son grandes o son chiquitas; si son eternas como la luz del sol y la luna o esporádicas como el nacimiento de las más bella de las mariposas.
Noche es noche y eso nadie se lo quita, pero además de noche también se convierte en consejera, amiga, alcahueta y en el peor de los casos en ese ente que te juzga hasta el amanecer.
Muchas veces solo he deseado que llegue la noche para celebrar que se acaba un día y más y con eso aumenta la posibilidad de poder volverte a ver. Y es que en estos años el deseo de que la noche llegará no me invadía tanto como por ejemplo en aquellos días en los que no veía la hora de que llegara la noche junto con las 9pm para salir del trabajo, cambiarme de ropa y salir literalmente volando en mi bici para ir a tu encuentro. Me sentía como en una carrera contra el tiempo en la que el premio por ser el más rápido eran unos minutos más para admirar tu sonrisa y disfrutar de tu compañía.
Y es que han sido las noches fieles testigos de momentos inigualables y maravillosos entre tu vida y la mía; noches en la terraza del pueblo compartiendo del humo de la ganjah, noches bajo la lluvia de aquí para allá, noches bajo las estrellas a la orilla del mar, noches de salsa, noches de pasión, noches de lagrimas, noches de bonito amor.
Y así las cosas, a las noches, muchas gracias. Por lo bueno que enamora, alegra e ilusiona y a su vez también por lo malo que te da lecciones, que te golpea, pero que también te enseñan la forma correcta para seguir adelante.
Le.Le...
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