Y es que
cada noche durante los últimos meses ha sido inevitable no pensar en vos, en la
dulzura de tu sonrisa y la belleza de tu mirada. Cada mañana y cada noche se
repite la sencilla rutina de sentarme a la orilla de aquel viejo sofá en las
inmediaciones de aquella sala vacía; sea para desayunar o tomar un té al final
del día, allí, desde aquel quinto piso, me siento a ver como se pasa un poco la
vida, como corre el viento, como las nubes dibujan innumerables paisajes de
colores sensibles pero al mismo tiempo apasionados.
Hoy no
vengo a plasmar palabras que representen ilusiones perdidas y tampoco que le
den vida a ilusiones posibles; hoy estoy aquí frente a esta computadora para
liberar el alma de tanto sentimiento contenido allí en las profundidades de mi
corazón y mi alma.
Hoy quiero
que sepas que ya tengo un doctorado en viajes fugaces en los que de vez en
cuando voy en tu búsqueda, viajes para los que solo hace falta cerrar los ojos
y respirar profundo, viajes en los que los miles de kilómetros que te alejan de
mí no tienen importancia, porque simplemente estás tan latente aquí dentro de
este pedazo de corazón loco y bohemio.
Hoy, después
de tantas vueltas que se da la vida me he convertido en un experto admirador de
tu foto de perfil y en un casi perfecto controlador de emociones algunas veces
desquiciadas al evitar escribir en repetidas ocasiones desde el más inofensivo “hola
srta.” Hasta el más osado “te extraño princesa”.
Hoy, es inevitable
comer una arepa rellena o un plátano maduro y no querer tenerte cerca para
compartirlos contigo. Como también los es el hecho de ver que llegará una nueva
temporada de GOT y no desear verla a tu lado sin importar el lugar o el tamaño de
la pantalla.
Hoy soy consciente
de que las derrotas a pesar de lo duras que puedan ser y sin importar en que
parte de nuestra vida las podamos experimentar, son algo que definitivamente
nos deben ayudar a fortalecernos en lugar de llevarnos al suelo e
inmovilizarnos. De ellas se debe aprender y así tarde o temprano la imparable
vida fluye e inclina la balanza a favor de lo que en realidad deseamos
conseguir.
Hoy, y a
pesar de que apenas han pasado un par de días es imposible no pensar en aquella
llamada cargada de tanta cosa buena, en la que para mí, no sé para ti, no se reflejó
el paso de tiempo; en la que me gocé el tono de tu voz, tu par de carcajadas,
tu español autentico y en general tu compañía en medio de la soledad de mi
cuarto.
Hoy, con el
ánimo desanimado de no concluir quiero que sepas que mis palabras siguen vivas,
es más, nunca se fueron porque yo sé muy bien que tanto en tu corazón como en
el mío, siguen latentes y allí están escritas con un tipo de tinta que trasciende,
que no se borra, que sobrevive.
Le.Le…
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