Hamaca color blanco y negro como la cebra, de esas que
parecen una red gigante que te abraza y que va y viene sin la intención de
detenerse. En ella llevo ya cerca de 5 minutos intentando relajar cuerpo y de
paso darle algo de tranquilidad a cada uno de esos demonios que cautivan la
mente.
Hace ya 60 minutos que el mediodía del caluroso domingo ha
cumplido su ciclo. Los pollitos bebé transforman su lloriqueo en una dulce
melodía. Otra mamá gallina negra como el ébano o tal vez como el carbón camina
junto con sus dos crías; ellos, uno rubio y el otro color café buscan sin
descanso los apremiantes rayos del astro sol.
Al frente mío dos señoronas madres cerdito. La primera con
lleva a cabo la ardua tarea de alimentar a su numeroso grupo de bebés
multicolor de algo así como 30 días de nacidos y en no menos de dos metros en
el corral de enseguida se encuentra mamá cerdito número 2 quien por su parte
solo se preocupa por disfrutar de la siesta en compañía de sus muy afamadas 7
crías color rosa quienes apenas contaban con su cuarto día de haber llegado al
mundo.
A mi izquierda a algunos pasos de distancia el fogón de leña
inagotable le daba vida al sancocho más espectacular que un mortal pueda tener
oportunidad de comer, variedad de deliciosos ingredientes convergiendo al
compás del fuego dentro de la inmortal olla adornada por el inconfundible tizne
que producen las brasas con el pasar de los años.
Mientras tanto yo, allí en la hamaca, quien con su seductor
baile me lleva de izquierda a derecha. Morfeo intenta tocar a la puerta pero no
se lo permito, pues en ese preciso momento solo hay tiempo y espacio para
pensar en ella; mujer dulce, dueña de los lizos de oro. En esos segundos solo
quería cerrar los ojos por un segundo para luego abrirlos y tenerla allí, a mi
lado. Tal vez en otra hamaca guindada a mi derecha para poder tomarle de su
mano como aquella noche eterna en Playa Blanca, y así soñar despiertos la
siesta más bella del universo; juntos ella y yo bajo la sombre maravillosa de
los mirtos y el gigantesco árbol de caucho y el popular mamoncillo.
A fin de cuentas, escenario perfecto para una tarde de
domingo inolvidable, tarde en la que alejado de la civilización se logra con
satisfacción aclarar un poco el panorama y por supuesto respirar de un aire
puro que más que tus pulmones, también puede llenar tu alma.
Le.Le…
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