miércoles, 14 de junio de 2017

AQUELLA TARDE DE DOMINGO

Hamaca color blanco y negro como la cebra, de esas que parecen una red gigante que te abraza y que va y viene sin la intención de detenerse. En ella llevo ya cerca de 5 minutos intentando relajar cuerpo y de paso darle algo de tranquilidad a cada uno de esos demonios que cautivan la mente.


Hace ya 60 minutos que el mediodía del caluroso domingo ha cumplido su ciclo. Los pollitos bebé transforman su lloriqueo en una dulce melodía. Otra mamá gallina negra como el ébano o tal vez como el carbón camina junto con sus dos crías; ellos, uno rubio y el otro color café buscan sin descanso los apremiantes rayos del astro sol.


Al frente mío dos señoronas madres cerdito. La primera con lleva a cabo la ardua tarea de alimentar a su numeroso grupo de bebés multicolor de algo así como 30 días de nacidos y en no menos de dos metros en el corral de enseguida se encuentra mamá cerdito número 2 quien por su parte solo se preocupa por disfrutar de la siesta en compañía de sus muy afamadas 7 crías color rosa quienes apenas contaban con su cuarto día de haber llegado al mundo.


A mi izquierda a algunos pasos de distancia el fogón de leña inagotable le daba vida al sancocho más espectacular que un mortal pueda tener oportunidad de comer, variedad de deliciosos ingredientes convergiendo al compás del fuego dentro de la inmortal olla adornada por el inconfundible tizne que producen las brasas con el pasar de los años.


Mientras tanto yo, allí en la hamaca, quien con su seductor baile me lleva de izquierda a derecha. Morfeo intenta tocar a la puerta pero no se lo permito, pues en ese preciso momento solo hay tiempo y espacio para pensar en ella; mujer dulce, dueña de los lizos de oro. En esos segundos solo quería cerrar los ojos por un segundo para luego abrirlos y tenerla allí, a mi lado. Tal vez en otra hamaca guindada a mi derecha para poder tomarle de su mano como aquella noche eterna en Playa Blanca, y así soñar despiertos la siesta más bella del universo; juntos ella y yo bajo la sombre maravillosa de los mirtos y el gigantesco árbol de caucho y el popular mamoncillo.


A fin de cuentas, escenario perfecto para una tarde de domingo inolvidable, tarde en la que alejado de la civilización se logra con satisfacción aclarar un poco el panorama y por supuesto respirar de un aire puro que más que tus pulmones, también puede llenar tu alma.

Le.Le…


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