Como el bello
resplandor de los astros y de las estrellas quienes tal vez dejaron de existir
hace millones de años, así mismo se hacen y se mantienen mis ganas de tenerte a
mi lado, totalmente infinitas.
Aun siendo
una víctima incesante de la amargura y cierto nivel de existencialismo; son
puros y carecen de límites cada uno de mis sentimientos y cada uno de mis
deseos por hacer de mi vida el fiel apoyo de tu vida y que tú hagas de la tuya
el mío.
Y es que en
las mañanas, sin importar la hora, el clima y el lugar; reflejan en su ambiente
cierto sentimiento de melancolía. La melancolía de tu ausencia, la ausencia de
tus besos, de tu ser. Y es que es en cada mañana al despertar, cuando se hace
más fuerte el anhelo de despertar a tu lado y así sentir tu respiración, uno de
tus pies encima de mi cadera y lo más importante, ver lo que sin lugar a dudas
de lo más hermoso de este mundo, la primera sonrisa de tu dulce carita.
No sonrío
con facilidad, y no es porque no existan motivos para hacerlo y lo digo porque
tengo la certeza de que eres mi alegría y la fuente irremplazable de mi
felicidad. Quizá esa leve ausencia de sonrisas es parte neta de mi
configuración, configuración que tal vez no cuenta con manual de instrucciones,
manual que tú junto con tu paciencia, empeño y gran sentimiento, día tras día
lo diseñas de manera autentica.
Es entonces
cuando viene mi mente la idea fortuita
de convertirme en el amor de tu vida, el marido ideal, el padre de los hijos
que te antojes tener; en otras palabras depositar millones de momentos en el
universo pero solo junto a ti y quizá de esta forma tanto la vida y obviamente
tú, con el pasar de los años me brinden la oportunidad de rotularme como ese
hombre, el hombre que más te amó.
Le.Le…
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