Tic, tac,
tic, tac. Allí las manecillas de una reloj que no deja de latir, que se resiste
a dejar de palpitar. Si, es el imparable reloj del día tras día, el reloj de
esta vida que te anuncia que el tiempo se te está yendo de las manos a una velocidad
abismal.
Mañana ya
será un lunes mal en esta carrera, hace unos minutos parecía que se asomaba el
viernes, sonreías porque llegaba el fin de semana, compartirías tiempo de
calidad con la familia, los amigos, la persona que te trae loco, o tendrías
tiempo para llevar a cabo cualquiera de tus pasatiempos. Pero esas 48 horas
llegan a una agonía más.
En tan solo
cinco horas será un nuevo día, los pájaros entonaran su canto, el despertador
sonará de nuevo muy temprano, el calentador del agua quizá tardará en ofrecerte
las tan anheladas gotas de agua tibia, el detestable y apabullante tráfico
inundará una vez más las apacibles calles de la selva de cemento. Para algunos
no habrá tregua en su batalla por no llegar tarde a ese trabajo que tal vez no
sea de tanto agrado, por otros por el contrario, no será del todo malo, porque
simplemente aman a lo que se dedican ocho o quizás un par de horas más la
mayoría de los días de la semana.
¿Alguien por
aquí se ha detenido en frente del espejo al amanecer y se ha visto
completamente feliz y optimista por lo que es y tiene? ¿O simplemente se dedican a disfrazar la
realidad en la que viven y pasan cautos ante la sombra de sus propios cuerpos
reflejados ante el cristal? Sea cual sea la respuesta que se les venga a la
cabeza, aquí un consejo; agarren a esa ignorancia de las pelotas y arrójenla bien
lejos con todas las fuerzas de su ser, porque es la ignorancia un enemigo
insaciable, un asesino en serie de ilusiones y anhelos.
¿Y qué tal
si cada mañana al despertar respiramos profundo y llenamos nuestro aura de solo
cosas buenas, de puro amor, de cantidades alarmantes de sonrisas sinceras, de
abrazos vibrantes, palabras dulces, y miradas halagadoras? ¿qué tal si, sin ser
una fecha especial le expresamos todo ese amor que llevamos dentro a las
personas que se encargan de hacer nuestro mundo más placentero, a aquellos que
siempre dan lo mejor de sí mismos para hacernos ver y sentir cosas inolvidables
en esta vida llena de altas y bajas?
Es cierto
que la vida no es ningún jardín puro lleno de rosas, claveles, hortensias de
miles colores y demás belleza. En esta fase del tiempo universal también tenemos
que toparnos con toda clase de inclemencias, camufladas en momentos tristes, penurias,
personas que nos hieren hasta el alma, ese “no” que nos destroza el corazón,
esos rechazos que nos quiebran las rodillas y muchos otros factores que nos
intentan llevar a desfallecer de manera rotunda; tanto así que alguna vez en
medio de la soledad podríamos llegar a pensar en la idea estúpida de dejar todo
a una lado, de no continuar en pie y simple y llanamente llegar a decir: “ mi
vida vale un carajo, no la quiero más” o cosas de esta índole.
Pues ahora bien,
la cuestión es saber si en verdad vale la pena rendirse o si vale la pena
cosechar odio o rencor hacia alguien o algo. Si vale la pena renunciar a nuestros
sueños porque algo nos salió mal una o mil veces, o si es una buena decisión dejar
de amar porque las cosas en el amor han sido en su mayoría sinónimo de
ingratitud o catástrofe. Para esto sería bueno reflexionar tras cada paso que
se da, hacer trazabilidad y ver si fue bueno o malo, y en cualquiera de los dos
casos ser agradecido con aquello y aquellos que nos rodean porque ellos están
ahí por conspiración universal, ellos tienen una razón de ser, ellos al igual
que nosotros somos seres perfectos capaces de cualquier cosa, solo basta con
creernos la idea y ponerla en marcha hasta que pase de ser un sueño loco o
tonto a una realidad palpable, tangible e inolvidable. Porque dos cosas son inamovibles;
la vida es solo una y de un presente optimo depende el nirvana de un futuro
grato e inolvidable.
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