Y fue hace un mes que llegó el día que no tenía la gana de
que llegara. Era el momento de regresar a la patria de origen, cuando en
realidad mi nueva e inigualable patria se había establecido allí al lado de tu
almohada en el centro de tu alma, en lo profundo de tu corazón, junto a la
pequeña Mary.
Las únicas ganas que en realidad tenía eran las de deshacer
la maleta, tomarte de la mano y llevarte conmigo a tomar un café eterno y un
trozo de pastel con la dulzura intensa de tus labios llenos de éxtasis.
El camino hacia el aeropuerto fue fatal, miles de cosas transcurrían
por mi cabeza, todo quería, menos dejarte allí, sin abrazos, sin picos, sin
sonrisa de buenos días sin arepa al desayuno, sin compartir ciclo vía camino a
la universidad.
La verdad es que quería gritar a los cuatro vientos cuanto
te amaba, cuanto quería tenerte a mi lado para poder sentirme fuerte,
confortable, invencible, único e inmortal.
Aquel chocolate caliente antes de partir solo pudo
representar un sabor amargo, los minutos ya se evaporaban demasiado rápido. Y es
que estaba al lado de dos mujeres maravillosas, dos mujeres que supieron
robarse mi corazón. ¿Con que ganas
querría yo irme de allí? Vuelvo y lo digo, con ninguna.
Ya pronto llegó el momento del “adiós”, que cosa más
terrible. Es en ese preciso instante donde tu mente viaja a millones de kilómetros
por hora, buscando tal vez una fortaleza que quizá es imposible, aquella fortaleza
que le cierre el cerrojo al portón de las lágrimas para que se queden
rezagadas. Es también en ese preciso instante en el que solo quieres que el
abrazo nunca termine y que el beso se haga inagotable.
La vista se nubla, el corazón se inunda de tristeza; y
cuando recuperas algo de fuerza ya estás del otro lado y no hay marcha atrás. Tienes
que enfrentarlo pero está vez solo, sin la mano de tu amada para que camine
contigo.
De ahí en adelante solo resta armarse de mucho valor, sacar
pecho y enfrentar al viento.
La laguna de lágrimas fue inquebrantable y más aún en aquel
momento en el que pude leer tan bellas palabras que brotaron de aquel sobre
color rosa y en el preciso momento en el que pude admirar la locura y belleza
de tan bella dama en aquella tirilla fotográfica.
Finalmente el vuelo llegó a su fin pero el sabor de tus
besos cargados de amor aún no se va, lo llevo en mí a cada paso, noche y día,
tormenta y sol.
Es ahora, cuando después de un mes me encuentro aquí sentado
en el corredor de casa, acompañado por esas gotas de lluvia que se resiste a
partir; no te saco de mi mente, te llevo presente en cada despertar y te deseo
en cuerpo y alma en cada anochecer. Quiero que la posibilidad de un “para siempre”
no muera y que pueda trascender cada día con más esperanza.
Puede que hace un mes que no suspiro aferrado entre tus
brazos, pero quiero que tengas bien presente que en cada suspiro de tu ausencia
la soledad me susurra al oído “ve hacia adelante, lúchala, ámala y aun
despierto, no la dejes de soñar”.
Le.Le…
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